De la alegría a la decepción

jueves, 30 de agosto de 2012


A todos nos llena de alegría saber que uno de nuestros compatriotas triunfa en alguna competencia deportiva a nivel mundial. Recientemente, muchachos y muchachas de varios de nuestros países de América Latina, nos dieron esa satisfacción ganando medallas de oro, plata y bronce en los juegos olímpicos. El recibimiento en cada país movilizó a miles a los aeropuertos, calles y avenidas de las ciudades. Fueron momentos de mucha alegría, fervor, entusiasmo y orgullo.

Todos estos deportistas son ahora los ídolos, los dignos de imitar, los que lo medios persiguen para “aprovechar su momento” que les trae beneficios a todo nivel. Muchos de estos deportistas se mantienen y sus vidas, verdaderamente, son un ejemplo para los más jóvenes y los que realizan tantos esfuerzos para triunfar. Pero lamentablemente también están los que, luego de un tiempo incluso años, lo que provocan a sus compatriotas es decepción y tristeza.

Es el caso de Lance Armstrong, el famoso ciclista norteamericano, que acaba de ser despojado de todos los títulos de su carrera, incluyendo los de ser campeón siete veces del Tour de Francia, y suspenderlo de por vida para cualquier competición. La razón de tal determinación incluye, no solo por utilizar sustancias prohibidas, transfusiones de sangre, y demás métodos prohibidos, sino también de haber traficado testosterona, corticoides, y haber administrado a otros dichas sustancias.

Lamentablemente así es como se despedazan muchos de los ídolos que, muchas veces, nosotros ayudamos a elevar y, algunas veces, hasta hacerlos como dios. Es bueno que sintamos felicidad y celebremos los triunfos de los que nos representan a nivel mundial, pero debemos tener cuidado de no colocarlos en un pedestal tan alto del que, al caer, los pedazos que de ellos queden será muy difícil volver a juntar.

Intolerancia de la intolerancia

jueves, 23 de agosto de 2012

No hay duda que estamos viviendo en la época o momento de la intolerancia. Y entendemos intolerancia como la acción de no tolerar o soportar a las expresiones que se oponen a determinado tipo de valores o ideologías y que por tanto se vuelven contrapuestas a las propias.

Si digo, por ejemplo, que no estoy de acuerdo con el matrimonio entre parejas del mismo sexo, basándome en mi convicción personal de acuerdo a lo que enseña la Palabra de Dios, entonces me podrían tildar de intolerante, fanático, homofóbico y hasta racista, no permitiéndome el derecho de expresión.

Pero reaccionan los que sí están de acuerdo, hacen protestas, alegan tener derechos, atacan verbalmente, hacen boicots, reciben todo el apoyo de las “autoridades”, y nadie considera que lo que ellos hacen es igual de intolerante hacia mi derecho a expresar mi convicción.

Mientras no ofenda directamente a la persona, la maltrate o afecte su integridad, creo que tengo el derecho de expresar mi convicción. Y el que no esté de acuerdo con mi convicción también tiene derecho de expresar que no está de acuerdo, igualmente, mientras no me ofenda directamente o maltrate mi integridad

Qué fácil es caer en la intolerancia alegando ser víctima de la intolerancia y pretender que solo yo tengo el derecho a expresar mi conformidad o inconformidad basándome en lo que creo, y pasando por encima del derecho de los demás, así no se vale.

El día sin religión

miércoles, 22 de agosto de 2012

No sé si te enteráste, pero el 3 de agosto del presente año (2012), por medio de las “redes sociales” en internet, se promovió la celebración del “día sin religión”. Según los proponentes, una “Sociedad Objetiva de Libres Pensadores”, la finalidad fue la de “reducir el racismo, la esclavitud y los problemas sociales que una creencia religiosa puede desarrollar”.
Veo dos maneras de interpretar esa posición. La primera rechazándola contundentemente haciendo ver la necesidad que cada ser humano tiene de Dios y por ende de una religión, y que si se prescinde de ella, aunque sea por un día, entonces viene el caos, la perversión, el ateísmo, el que ignores a Dios y trates de hacer lo que no es agradable a sus ojos; lo cual afectaría tremendamente para mal a nuestras sociedades.
La otra manera es reconocer que la religión nada tiene que ver con seguir a Dios, tener una relación íntima y personal con El, y vivir correctamente para ser de bendición a la sociedad. La Biblia enseña que Jesucristo vino para llevarnos a Dios, no para que practiquemos una religión de cualquier tipo siguiendo normas, leyes o tradiciones que pueden cegar el corazón y promover, como dicen los proponentes, el racismo, la esclavitud y hasta la violencia.
Pero debemos entender que el racísmo existe aún sin religión, que muchos atéos poderosos son los que promueven la mayoría de los conflictos entre razas y naciones. Los que esclavizan definitivamente no tienen religión y mucho menos tratan de respetar las enseñanzas de Dios, y los problemas sociales surgen básicamente por el rechazo del hombre en general, de lo que Dios ha establecido para su bien.
Dios no es una religión, es el Creador que desea tener una relación íntima y personal con sus criaturas, una relación que se ha roto por el pecado (rechazo) del hombre, pero que se ha vuelto a establecer por la obra de Jesucristo su Hijo en una cruz. Por eso yo no propongo un día sin religión, sino una vida sin religión siguiendo verdaderamente a Dios.

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