¡Es tiempo de despertar!

lunes, 9 de septiembre de 2013

Como los asesinatos son ahora parte de la cotidianidad en todas las ciudades del mundo, cuando escuchamos, vemos o leemos noticias que narran esa triste realidad, lamentablemente ya no nos asombra. Solo cuando hay algo tan atroz o que nos parece tan desalmado, como que nos “desperezamos”, nos restregamos los ojos, nos dolemos algo y seguimos con nuestra vida.

Motivos para matar hay muchos, desde las venganzas hacia los “enemigos”, pasando por robo de celulares, vehículos, dinero, extorsiones; hasta masacres por defender la droga que les pertenece. Pero pocas veces se escucha que, el mismo asesino, reconoce que está matando por placer, tal como sucedió hace poco en Guatemala con un joven que no sobrepasaba los 17 años.

Tal vez los psicólogos nos digan que, en el fondo y no tan profundo, en cada asesino existe ese placer por matar, pero cuando se escucha de un niño decir, tranquila y amablemente, que le es placentero matar, que siente satisfacción y hasta le da alegría, entonces tendríamos que ponernos a reflexionar sobre “¿qué nos pasa?”.

Así a muchos les moleste o aburra escuchar, personalmente creo que todo, absolutamente todo, tiene que ver con el haber abandonado a Dios, a dejarlo solo como el apaga incendios, o pensar que seguirlo a él es solo ser parte de una religión con sus ritos y costumbres, sus reuniones y conciertos de multitudes, o sus campañas de sanidad y milagros.

No nos engañemos, realmente Dios no es parte de la vida en nuestras naciones. A él no le impactan, ni mucho menos le agradan los sacrificios de una vida religiosa sin arrepentimiento y cambio total (Miqueas 6.6-8). El voltea la cara a todos esos líderes religiosos que manipulan y se aprovechan de la necesidad de las personas. O de los que se creen poseedores de la única religión, pero que han estado cegando, hace cientos de años, los ojos espirituales de miles y millones, haciéndoles creer que van a vivir con Dios.


¡Es tiempo de despertar! De abrir los ojos a su Palabra y desechar de una vez para siempre todo lo que nada tiene que ver con sus mandamientos y enseñanzas. Es tiempo de reconocer que solo hay una esperanza y es Jesucristo en la vida de cada ser humano en nuestro mundo. Y esa es una decisión personal que solo ud. debe asumir, no la familia, no un amigo o vecino, no un sacerdote o pastor, sólo ud. con Dios.

¡La paz, la paz!

lunes, 2 de septiembre de 2013

La paz es un tema que nunca dejará de ser actual o fuente de noticia para todos los medios. Y es que la paz siempre ha estado “supeditada” a la guerra, y la guerra siempre ha existido y existirá en un mundo que vive a espaldas de su creador.

La paz también se vuelve el caballito de batalla de candidatos para poder convertirse en los que “toman la sarten por el mango”, para tomar autoridad en nuestros dolidos países. Unos se sientan en una mesa para llegar a acuerdos y “pactar la paz” con criminales que han destruido por años su propio país y la vida de cientos y miles; y otros se reunen en consejos para planear el mejor ataque para supuestamente persuadir a un presidente que elimina a sus propios compatriotas con armas poderosas y gases aniquilantes.

Por otro lado, en otros países se levanta la bandera de la paz porque ya no se puede soportar el acoso de los delincuentes, el azote de la corrupción, la burla de los políticos. Entonces se promueven “jornadas ecuménicas” de oración por la paz, por la prosperidad de la nación, para que cese todo lo que los destruye lentamente. Y todo esto sin darse cuenta que las solas convocatorias, aún de las mas “altas personalidades”, y las simples declaraciones, así sea mencionando el nombre de Dios o de Jesucristo, jamás tienen ni tendrán el poder para realizar los cambios tan anhelados.

Se ora a Dios, se lanzan declaraciones de unidad, prosperidad y paz, pero no se está dispuesto a entregar la vida, a rendirse completamente a Dios y practicar sus enseñanzas y mandamientos. La religión se apodera de las mayorías haciéndoles creer que sus consejos y orientaciones, generalmente lejos de la Palabra de Dios, son la clave del éxito y prosperidad.

Pero no se dan cuenta, como no lo hacía una iglesia del Nuevo Testamento(Ap. 3.17), que su condición era la de ser “desventurada, miserable, pobre, ciega y desnuda”, y que lo que Dios está esperando de ella es arrepentimiento, entrega a El, ser sus verdaderos hijos.

¡La paz, la paz! Tan anhelada pero tan incomprendida, tan deseada pero tan adulterada y pisoteada. La verdadera paz comienza poniéndonos en paz con Dios, reconciliándonos con El, y eso solo puede suceder por medio de su Hijo Jesucristo quien nos da una nueva vida capacitada para vivir en paz con El y con todos los demás.
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